La crianza de los hijos es una de las tareas más complejas y variadas del ser humano, a diferencias de otras como, por ejemplo, aprender a conducir un vehículo, a leer, a cocinar, en la crianza parental no hay una guía establecida a seguir ya que la misma depende de múltiples factores que inciden en la misma. A medida que la ciencia avanza mediante la investigación se van conociendo algunos modelos que deberían tenerse en cuenta para que la crianza sea llevada en forma adecuada, aunque a veces estos modelos no siempre se correlacionan completamente con la realidad ya que las personas llevan implícitas diferencias que las hacen únicas y en donde el contexto social y económico donde se desarrollan también imprimen sus múltiples matices.

El desafío de la capacidad parental implica poder satisfacer las diferentes necesidades de los hijos (Alimentación, cuidados corporales, protección, necesidades cognitivas, emocionales, socioculturales, etc.). Pero debido a que estas necesidades son evolutivas, los padres deben poseer una plasticidad estructural que les permita adaptarse a los cambios de éstas necesidades.1

 

Existen cuatro funciones principales que deben poner en práctica los padres durante la crianza infantil: la función parental protectora (contribuir al desarrollo y socialización del niño), la función parental afectiva (proporcionar un entorno que garantice el desarrollo psicológico y afectivo del niño), la función parental de estimulación (potenciar tanto las capacidades físicas, como las intelectuales, sociales, etc.) y la función parental educativa (orientar y dirigir el comportamiento del niño, sus actitudes y valores)2.

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